
El criptograma
David Mamet
El espectador asiste a una historia llena de enigmas (como promete, ya desde un inicio, el título de la obra), de puntos oscuros, de piezas de un rompecabezas que el espectador tiene que ir encajando (¿o no?).
En El criptograma asistimos en poco más de una hora a una pequeña anécdota muy bien enmarcada en un tiempo y un espacio concretos (una ciudad indeterminada de Norteamérica en 1959), con sólo tres personajes: John, un niño de unos diez años; Donny, su madre; y Del, amigo de la familia (aunque un cuarto personaje absente, Robert, el padre, es seguramente el pilar en el que sostienen todos los demás, explícita o implícitamente), y una peripecia aparentemente mínima: el niño, John, no puede dormir. Pero esto es sólo el principio? Con la intervención de algunos objetos de significado ambiguo, oscuro pero determinante (una fotografía, una manta, una carta, un libro, un cuchillo, una vela que no vemos, unas voces que no oímos) Mamet va enredando esta peripecia hasta que acaba convirtiéndola en una radiografía del horror cotidiano, del sufrimiento que provoca la desestabilización, la pérdida, la traición, el abandono de unos seres condenados inevitablemente al abismo de sus propias soledades.