
La Gavina
Antón Pávlovich Chéjov
Ningún procedimiento de mecánica política o religiosa puede sustituir la ascensión de uno mismo hacia la propia luz.
La gavina fue escrita en 1896, hace cien años, y es como si hablara de cosas de hace poco más de cien días. Éste es uno de los criterios, expresado por un crítico inglés al salir de una de las numerosísimas representaciones de la obra, con el cual hemos abordado un texto, de una contemporaneidad total, que por primera vez ha sido traducido al catalán directamente del ruso. La puesta en escena quiere reflejar la lenta e implacable destrucción del tiempo que todo lo carcome: las emociones, los paisajes, las ilusiones, las esperanzas... La angustia que se va apoderando de los personajes es el camino estrecho y oscuro que va formando todos los elementos, al final del cual sólo queda de pie, como un ancla de salvación, la silueta del teatrillo de verano, en torno al cual se van concentrando todos los personajes, y que soltó todas las pasiones, como un símbolo de la pervivencia del arte. La gaviota es el símbolo principal, pero no el único, de la maldad gratuita, de la irresponsabilidad insensible con que topamos a lo largo de la obra. J.M. Flotats