
Liceistes i cruzados (2013-2014)
Serafí Pitarra y Enric Carreres
Testimonio brillante de un momento fundamental en el nacimiento de la nueva cultura catalana.
El nuevo clima político del año 1833 eliminó los privilegios del Teatro de la Santa Cruz, que había tenido un monopolio absoluto en el teatro hecho en Barcelona, ya que hasta entonces la ley concedía el control sobre las representaciones teatrales a los eclesiásticos del hospital de cada ciudad. Esta flexibilización de la normativa escénica propició el nacimiento de nuevos teatros que dinamizarían la vida cultural de la ciudad y, al mismo tiempo, determinó que el Teatro de la Santa Cruz adoptara el nombre de Teatro Principal, con la voluntad de marcar distancias respecto a las nuevas salas.
La ebullición con la que nació una nueva cultura urbana en la que el teatro se convertiría en una de las principales atracciones del ocio ciudadano se tradujo en apasionadas disputas entre partidarios del viejo y del nuevo teatro. La rivalidad más paradigmática en este sentido fue seguramente el enfrentamiento entre «liceístas» y «cruzados», entre partidarios del nuevo Teatro del Liceo y del antiguo Teatro de la Santa Creu.
El extraordinario retrato satírico que hizo Pitarra de esta disputa en su obra de Liceistes i cruzados nos da el testimonio brillante de un momento fundamental en el nacimiento de la nueva cultura catalana.
El padre de Dolores es un apasionado cruzado que solo desea casar a su hija con alguien de sus mismos gustos teatrales. Ricardo, que quiere casarse con ella, tendrá que hacerse pasar por un buen espectador del Teatro de la Santa Cruz para ganarse el favor del padre –memorizando meticulosamente la extensa lista de óperas y artistas que ha ido acogiendo año tras año el teatro de la Rambla– al tiempo que deberá intentar desenmascarar a un rival que cuenta con los favores del padre de la chica, a pesar de ser en realidad un liceísta camuflado.